El País. 30/8/2017

«La falla más árida de la transición mexicana a la democracia ha sido el divorcio entre ejercicio político y la sociedad. No necesariamente de la sociedad con la política. La razón e irresponsabilidad más grande de ese divorcio es la devaluación de los sentidos que permiten el ejercicio democrático, limitándolo a su versión más precaria: la réplica de estructura en todos los partidos, su definición a partir de la negativa del contrario, y la separación de compromisos morales con jurídicos. En consecuencia, se entregó la esperanza como instrumento social a un solo elemento del sistema político mexicano. Una herramienta tan efectiva como la propuesta tangible para solucionar los problemas, pero de un nivel inferior al pensamiento y la reflexión.»

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